¿Qué pasa cuando falta el Amor en la Iglesia?

El Dr. J.M. Reynolds mencionó algo muy chocante y exageradamente cierto:

“Una razón por la cual muchas personas no son Cristianas es porque muchos Cristianos no son Cristianos.”

¿Qué nos hace “Cristianos”? ¿Cómo la gente sabrá que seguimos, como iglesia, a Cristo?

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Por alguna razón, pensamos que las personas sabrán que somos Cristianos porque decimos “Dios te Bendiga” cuando nos despedimos, o de la manera en que hablamos, o del muy bonito e impresionante edificio que llamamos “Iglesia” – o hasta porque nos reunimos los domingos a cantar algunas canciones y escuchar a una persona hablar de la Biblia. Somos Cristianos porque no fumamos ni bebemos y no hablamos malo, ¿verdad?

No.

Eso no fue lo que Jesús dijo.

De hecho, para eliminar cualquier duda, lo que Jesús dijo – y repitió constantemente – lo dijo como mandamiento:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:34-35, énfasis añadido)

Nota que Jesús no habla de un amor general, como, por ejemplo: amar al pobre o a cualquier persona de por ahí (aunque se debe hacer, no es el caso aquí). Este amor por los demás no es el que persuade al mundo de que la verdad del Evangelio es cierta, ni que somos discípulos de Jesús. Se logra emitir este mensaje de Salvación con efectividad cuando nos amamos los unos a los otros. Cuando somos uno, así como Jesús y el Padre eran uno, el mundo sabrá que Jesús es el Hijo de Dios (Juan 17:21).

Por supuesto, no se pueden demostrar las verdades de la Biblia cuando esas verdades no están siendo vividas por aquellos que estiman la Biblia como la Palabra de Dios y última autoridad. ¿Qué se puede responder cuando dicen: “No voy para la iglesia; son todos unos chismosos e hipócritas“? ¿Cómo se refutan las palabras: “Es que esa gente vive igual que yo”?

Pablo mismo lo dice:

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios del 13:1-3)

Nada sirve sin amor. Sin amor, la iglesia se convierte en algo que molesta (metal que resuena) y lo que se dice no es dulce música, sino como un platillo que “hace ruido.” Tener todo el conocimiento del mundo y toda la fe, dice Pablo, hace NADA si no hay amor también.

Obviamente, nadie es perfecto. Somos culpables de esto. Pero, la iglesia no va a cambiar si lo único que esperamos de nosotros mismos es poder llegar temprano al culto… cuando se pueda. La situación no cambiará si los que trabajan en la iglesia viven bajo la ilusión que el amor es una preocupación secundaria. Pensamos – tal vez inconscientemente – que esa vida de la Iglesia Primitiva de Hechos es no es posible y no es práctica.

Cierto es.

Si viésemos algo así – como lo de la Iglesia Primitiva de Hechos – sucediendo hoy día, sería como un milagro. Estaría sucediendo algo sobrenatural y todos – Cristianos y ateos – sabrían que algo está pasando que está fuera de este mundo. Que hay ALGO diferente…

Y ese es el punto.

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