Probablemente has escuchado a alguien decir: “Bueno, esa es tu interpretación de la Biblia. Cada cual la interpreta a su manera”.
Y, a primera vista, parece un argumento bastante razonable. Después de todo, si todos tenemos la misma Biblia, ¿por qué existen tantas denominaciones? ¿Por qué cristianos sinceros pueden leer el mismo pasaje y llegar a conclusiones diferentes? Y si dos personas pueden interpretar un texto de manera distinta, ¿cómo sabemos cuál interpretación es correcta?
Pero aquí hay una pregunta todavía más importante: ¿el hecho de que un texto pueda ser interpretado de diferentes maneras significa que todas esas interpretaciones son igualmente válidas?
Porque una cosa es decir que existen muchas interpretaciones. Y otra muy distinta es decir que el texto puede significar cualquier cosa que nosotros queramos.
El problema de la interpretación bíblica no es uno nuevo. Desde el Nuevo Testamento lo vemos expresado. Por ejemplo, el propio apóstol Pedro, hablando sobre los escritos de Pablo, dijo:
Algunos de sus comentarios son difíciles de entender, y los que son ignorantes e inestables han tergiversado sus cartas para que signifiquen algo muy diferente, así como lo hacen con otras partes de la Escritura. (2 Pedro 3:16, NTV)
La claridad bíblica no significa que cada pasaje sea igualmente fácil de entender, ni que todo cristiano interpretará correctamente cada texto, ni que no necesitemos maestros, estudios o contexto. Lo que significa es que el mensaje central de las Escrituras, especialmente aquello que necesitamos conocer para entender quién es Dios, quiénes somos nosotros y cómo podemos ser reconciliados con él, ha sido comunicado de manera suficientemente clara para ser comprendido.
Un texto puede tener un significado determinado dentro de su contexto y, al mismo tiempo, numerosas aplicaciones legítimas.
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