Hace unas semanas recibí un mensaje por Whatsapp. El texto decía unas palabras que despertaron el PTSD en mi. Como cuando alguien dice: Tengo que hablar contigo. Esas palabras me mueven a preguntarme qué hice. Siento que fallé en algo. Por lo que me enviaron entendí que la persona estaba molesta conmigo. Empecé a hacer ajustes en mi agenda para atender la petición. Le comenté a mi esposa sobre el suceso. Como suelo hacer, le hice la historia lo más parecido a como sucedió. Tan pronto me escuchó, se echó a reír. No me dejó continuar. “Está bromeando contigo.” –me dijo. Al otro día cuando hablé con la persona, en efecto, estaba bromeando.
Algo así es lo que sucede con la porción de la Escritura que leeremos y analizaremos hoy. Nos encontraremos con unas palabras duras de la boca de Jesús. Pero es una de esas ocasiones que debemos respirar y volver a leer, procurando no quedarnos solamente en las palabras duras, sino que podamos ver lo que Jesús estaba haciendo.
El mensaje está basado en Marcos 7: 24-30. Este relato también sale en el evangelio según Mateo 15: 21-28. Es bueno leerlo también para tener una visión más amplia, tomando en cuenta los dos puntos de vista en el que fue escrito. Aquí el texto:
24 Luego Jesús salió de Galilea y se dirigió al norte, a la región de Tiro. No quería que nadie supiera en qué casa se hospedaba, pero no pudo ocultarlo. 25 Enseguida una mujer que había oído de él se acercó y cayó a sus pies. Su hijita estaba poseída por un espíritu maligno, 26 y ella le suplicó que expulsara al demonio de su hija.
Como la mujer era una gentil, nacida en la región de Fenicia que está en Siria, 27 Jesús le dijo:
—Primero debo alimentar a los hijos, a mi propia familia, los judíos. No está bien tomar la comida de los hijos y arrojársela a los perros.
28 —Es verdad, Señor—respondió ella—, pero hasta a los perros que están debajo de la mesa se les permite comer las sobras del plato de los hijos.
29 —¡Buena respuesta! —le dijo Jesús—. Ahora vete a tu casa, porque el demonio ha salido de tu hija.
30 Cuando ella llegó a su casa, encontró a su hijita tranquila recostada en la cama, y el demonio se había ido. (Marcos 7: 24-30)
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