
Mi tío iba camino a su trabajo. Mientras manejaba en dirección al centro comercial, vio a un anciano que se cayó de su silla de ruedas motorizada. Esperaba que alguien fuese a asistirle y levantarle, pero como en la parábola del buen samaritano, todos le pasaban por el lado –abrazados de la excusa de la pandemia mortal del COVID-19 – y seguían. Observaban la situación (o actuaban como si no lo vieran) y continuaban en su indiferencia. Luego de forcejear para poder atravesar de un carril a otro, se estacionó mal en el lado de la carretera, se bajó y junto a mi primo, ayudó al anciano que era mudo y no podía pedir ayuda a todos los que le pasaron de largo. Cumplir con su deber moral fue de gran satisfacción.












