La Fe que Salva

Mi tío iba camino a su trabajo. Mientras manejaba en dirección al centro comercial, vio a un anciano que se cayó de su silla de ruedas motorizada. Esperaba que alguien fuese a asistirle y levantarle, pero como en la parábola del buen samaritano, todos le pasaban por el lado –abrazados de la excusa de la pandemia mortal del COVID-19 – y seguían. Observaban la situación (o actuaban como si no lo vieran) y continuaban en su indiferencia. Luego de forcejear para poder atravesar de un carril a otro, se estacionó mal en el lado de la carretera, se bajó y junto a mi primo, ayudó al anciano que era mudo y no podía pedir ayuda a todos los que le pasaron de largo. Cumplir con su deber moral fue de gran satisfacción.

Se podrán imaginar la frustración de mi tío ante la sensibilidad de las personas. Esto, porque reconoció en su interior la necesidad de ayudar al prójimo y aseguraba que si él se sentía así, todos debían sentir algo similar. Todos tenían ese conocimiento de lo bueno en su interior, pero prefirieron la indiferencia y siguieron de largo.

Me hizo recordar las palabras en Santiago 4:17: “Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo.”

Hay un conocimiento que podemos tener sobre lo bueno, pero si no actuamos conforme a ese conocimiento, ¿De qué sirve saberlo?

Hace algún tiempo, escuché un pastor que decía en la predicación unas palabra que traspasaron mi mente y trajeron a memoria la carta de Santiago.

El pastor decía que nuestra ceguera espiritual muchas veces se demuestra en la manera poco espiritual en que le hablamos a nuestra esposa… a nuestros hijos.

Muchas veces afirmamos unos preceptos espirituales y los defendemos incluso a capa y espada, pero ¿hemos hecho de esos preceptos, la norma de nuestra vida? ¿estaremos dándole servicio argumentativo y no de acciones a esos preceptos? Son preguntas duras que necesitamos hacernos para contestarnos y movernos si nos hallamos faltos en alguna área.

Santiago 2:14 NTV
“Amados hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no lo demuestra con sus acciones? ¿Puede esa clase de fe salvar a alguien?”

Santiago estaba escribiéndole a la Iglesia. Es importante ese detalle. No le escribió a no-creyentes. Significa que en la asamblea de los Hijos de Dios, hay personas que dicen ser parte de la fe que se profesa, pero sus acciones dicen lo opuesto. Y Santiago confronta cuando lanza la pregunta no tan retórica: ¿Puede esa clase de fe salvar a alguien? Cuando desempacamos esa pregunta vemos que el hermano de Jesús y líder de esa primera asamblea de santos en Jerusalén, afirmaba que hay dos clases de fe:

  1. La Fe que salva
  2. La Fe que no salva

Los hermanos en aquella época y desde el inicio del Cristianismo hasta hoy en el 2020, tenemos que hacernos la pregunta con gran seriedad. ¿Qué tipo de fe tengo?

Para empezar, definamos un poco el término FE:

Hebreos 11: 1 NTV
“La fe demuestra la realidad de lo que esperamos; es la evidencia de las cosas que no podemos ver.”

Pistis (fe): creencia, confianza, fidelidad.

  1. Creencia – conlleva unos parámetros, una doctrina. Hay un “algo” en lo que crees. Cómo defines ese “algo” dependerá en lo que crees, pero hay una información previa. Ejemplo: Tierra Plana vs. Esférica
  2. Confianza – necesita la evidencia, razones o argumentos que te permiten depositar y descansar tu confianza en alguien o algo. Ej. Dentista
  3. Fidelidad – conlleva ejemplos previos de la confiabilidad e integridad de la persona o cosa. Ejemplo: Perro

Significa que tanto la fe que salva, como la que no salva, tiene una información de trasfondo que te permite un descanso intelectual en que aquello en que has depositado tu fe. Es una fe razonable y fiable.

Pero, ¿cuál es la diferencia entre los dos tipos de fe? Porque, ¡a mí me interesa tener la fe que salva! La otra, ni pa’ allá voy a mirar.

En un artículo previo, hablaba sobre la importancia de conocer el “Qué y el Por qué” de nuestra creencia. Sigo insistiendo y creyendo que es de suma importancia saber exactamente en qué y por qué hemos creído lo que creemos.

Pero si dejamos ese conocimiento en un nivel intelectual, esa será la fe que no salva. Esa es la fe que no queremos. Como dijo John Piper, mientras hablaba de Santiago 2:19, en una ocasión 1.

“Los demonios pueden ser ortodoxos a nivel intelectual. Tienen fe. Pero esa fe no les salva.” ~John Piper

Hay algo adicional por hacer. Hay algo adicional que Dios quiere hacer para que nos movamos de ese tipo de fe, a la fe que sí salva.

Si mi tío hubiese seguido de largo en su carro, enviándole buenos deseos al anciano en el piso, pinchado por su silla de ruedas eléctrica, nada hubiese hecho. No vale nada saber el bien y no actuar el bien.

Santiago 2:17 NTV

“17 Como pueden ver, la fe por sí sola no es suficiente. A menos que produzca buenas acciones, está muerta y es inútil.”

La fe que no salva, es descrita aquí como aquella que está muerta y es inútil. Su contraparte, que es la fe que deseamos; la Fe que salva, Santiago la describe como una fe que produce buenas acciones.

Normalmente pensamos en esas buenas acciones cuando hablamos del servicio cristiano. Ahí recordamos que estas obras son producto de la salvación y no para salvación. La salvación siempre es por gracia no por obras.

Pero para que se produzcan estas buenas acciones, hay algo que tiene que suceder:

Hay que estar de acuerdo con la fe que tenemos a tal nivel, que la ponemos en efecto sobre nuestras vidas. Queremos que la fe intelectual se apodere de nuestro corazón. Ahí es que surgen las buenas obras.

Significa que si conocemos lo correcto de nuestra fe, pero no lo vivimos, poseemos una fe que no podrá salvarnos. Pero cuando las Palabras de nuestro Señor se apoderen de nuestro corazón, comenzaremos a producir frutos que evidencian esa fe. Ahí estamos experimentando la Fe que salva. La Fe que sí queremos.

Esas obras que salen de la fe, que son el fruto de nuestra convicción– ese camino que Dios ha puesto delante de nosotros para que caminemos en él (Efesios 2:10), ¡esa es la manera de obtener la fe que salva! Significa que el inicio de esta fe, es Dios y su fin también. Dios produce la fe en nosotros que nos impulsa a dar buenas obras, que evidencian la fe que nos dio y nos identifica como suyos. Damos frutos por Él y para Él.

Miremos el ejemplo: Abraham (Santiago 2:21 NTV: “¿No recuerdas que nuestro antepasado Abraham fue declarado justo ante Dios por sus acciones cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?”)

Abraham tenía un conocimiento intelectual de la fidelidad y confiabilidad de Dios. La evidencia era Isaac. El hijo de la promesa era evidencia que Dios cumple sus promesas. Por eso al momento de Dios pedirle que sacrificara a su Hijo, Abraham obedeció y se proponía a hacerlo. Él sabía que Dios cumplía sus promesas, por lo que si la promesa decía que en Isaac, tendría su descendencia aún si ahora lo sacrificaba, Dios haría algo porque no dejaría de cumplir su promesa.

Abraham había sido convencido a nivel intelectual de la fidelidad de Dios, pero también se había convencido a nivel del corazón. Por eso fue y en obediencia se propuso a sacrificar a su amadísimo Hijo. Todos sabemos la conclusión de ese evento: Efectivamente Dios hizo algo –detuvo a Abraham y Él mismo produjo el cordero del sacrificio.

Significa que Jesús tenía toda la razón. Para amar correctamente a Dios, necesitamos hacerlo con nuestra mente, pero también con el corazón. Cuando esto sucede, le amamos con nuestra vida (alma). Así es que se ama a Dios.

El costo de seguir a Jesús, es nuestra vida completa, pero como les decía a los jóvenes hace dos viernes: “Ese supuesto costo, realmente no existe pues en Cristo lo que hallamos es ganancia.”

¿Qué podemos concluir ante todo esto?

  • Necesitamos entrar en un estudio profundo de lo que creemos –entiéndase;
    La Palabra, para llegar a una convicción Intelectual de lo que creemos.
  • Con la intención de poner por obra lo estudiado. Esa convicción intelectual debe bajar a nuestro corazón y convertirse también en una convicción afectiva.
  • Así, nuestra vida mostrará los frutos de esa fe que, en efecto, nos salva.

Oremos para que el Espíritu Santo convenza nuestros corazones de lo que hemos creído para que nuestras vidas den honra y magnifiquen el nombre del Señor. Para que demos frutos de una fe que nos cautivó. Un regalo de gracia de Dios que cautivó nuestra vida para siempre. Que demos frutos de esa salvación, proveniente del inmenso gozo que Dios deposita en nuestros corazones, al pertenecer a Él.

  • Que nuestra familia experimente la fe que salva, que se demuestra hacia ellos con palabras de edificación y bendición.
  • Que nuestros patronos, compañeros o empleados experimenten esa fe que nos salvó y produce frutos visibles para ellos.
  • Que nuestro vecinos, o las personas en la calle, cuando salimos a alguna diligencia vean esa fe que nos salvó en nuestras palabras y acciones.
  • Que esta fe que salva sobrecoja nuestra vida para que todos vean en nosotros a Jesús.

Filipenses 1:6 Nueva Traducción Viviente
“6 Y estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva.”

Debemos comprometernos con Dios en obrar lo que hemos creído. En actuar conforme a lo que la Palabra nos muestra que debe ser nuestra vida consagrada a Cristo Jesús. Posiblemente necesites pedirle perdón a Dios por no actuar conforme a tu fe. Si llegaste a esa conclusión, ¡Gloria a Dios!


1. “Does James Contradict Paul?” Desiring God, 26 Aug. 2020, http://www.desiringgod.org/messages/does-james-contradict-paul.

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Acerca de Rick Lipsett

Seguidor de Jesús, esposo, padre, pastor, escritor y conferenciante. Buscándole la 5ta pata al gato y luego cuestionando el "¿por qué?".
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