
Todos conocemos la historia de La Caída: la serpiente engaña a Eva, ella come de la fruta, le da de la fruta a Adán… y Dios los bota a ambos del paraíso de Edén. Parecería que, si Dios hubiera perdonado a los primeros humanos, no se hubieran desatado todos los eventos terribles de la humanidad que nos traen hasta hoy.
Hace sentido, ¿no?
¿Por qué Dios no perdonó a Eva y ya?
Las Presunciones Ocultas
Cuando nos hacemos la pregunta: «¿Por qué Dios no perdona y ya?» estamos presumiendo de unas ideas peligrosas. La primera:
«El perdón borra/quita las consecuencias.»
Por alguna razón, pensamos que lo que hay que hacer es pedir perdón y listo: todo regresa a la normalidad.
Desafortunadamente, ¡esa no es nuestra realidad!
Yo perdoné a mi amigo cuando chocó mi auto, pero eso no quitó la abolladura de la puerta. Tal vez perdonas a tu amigo que nunca devolvió el dinero que prestaste, pero eso no se refleja en la cuenta bancaria. Una persona puede perdonar a su pareja porque le fue infiel, pero eso no restaura automáticamente la confianza. Una persona puede perdonar a quién abusó de ella cuando pequeña, pero eso no borra las heridas físicas ni emocionales.
¿Sabes por qué?
Porque el perdón y las consecuencias son cosas distintas. El perdón restaura la relación pero las consecuencias reflejan la nueva realidad de la acción tomada. Y esto nos lleva a la segunda presunción oculta:
«Si hay consecuencias, entonces no se perdonó verdaderamente.»
En cuanto a Adán y a Eva, Génesis 3 se desborda de gracia: Dios los viste (Gén. 3:21), les promete redención (Gén. 3:15), y continuó siendo su Dios. Este acto de gracia preservó la relación de Dios con Su creación, pero las acciones de Adán y Eva cambiaron la realidad en la cual vivían: a ese cambio que provocaron se les llama «consecuencias». Esto me lleva a nuestra tercera y última presunción:
«Las consecuencias son el castigo de las malas acciones.»
Imagina que yo tiro una pelota que rompe la ventana de tu auto. Ya establecimos que pedir perdón no arregla la ventana. Sin embargo, el vidrio en el suelo no es mi castigo, es la evidencia de que la realidad cambió: ya tu auto no tiene una ventana funcional, y esa nueva realidad es por mi culpa.
Y esto es importante.
Porque si las consecuencias fueran castigos, entonces haría sentido que un Dios amoroso las quite. No obstante, como las consecuencias son nuevas realidades creadas, eliminarlas es otra cosa completamente diferente.
Consecuencias: Nuevas Realidades
Piensa en lo siguiente: la relación entre acción y resultado (consecuencias) ya existía en el Edén. Si se sembraba una semilla, crecía un árbol. Si llovía, todo se mojaba. Adán y Eva no vivían en un mundo libre de causa y efecto.
En La Caída fue donde las consecuencias negativas entrarían al mundo: ya las consecuencias no estarían alineadas al diseño de Dios, sino que fueron corrompidas por el pecado. En este sentido, el pecado ya viene con consecuencias sin que Dios las tuviera que inventar. Las consecuencias no son Dios siendo malo, sino consistente. Cuando Pablo dice «Todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará» (Gál. 6:7), no está amenazando a nadie, sino que está describiendo cómo funciona la realidad. Adán y Eva rompieron algo real, y ahora viven en una realidad con vidrio roto en el suelo de la humanidad.
Como las consecuencias son nuevas realidades, ¡no funciona sencillamente cambiar la realidad!
¿Por qué?
Porque si se eliminaran las consecuencias, se alteraría la realidad. Piénsalo así: las acciones crean consecuencias. Esas consecuencias son nuevas realidades que forman parte de la historia. Por eso es que, consistentemente a través de las Escrituras, no vemos un Dios que borra las realidades, porque Él no borra la historia.
Lo que vemos es un Dios que una y otra vez redime la realidad para transformar el destino de la historia.
Si Dios borrara la historia, estaría cambiando la verdad de lo sucedido. Y eso sería extraño viniendo de un Dios que se describe a sí mismo como la Verdad (Juan 14:6), y que declara que no cambia (Mal. 3:6). Por ejemplo, Pedro negó a Jesús. Cambiar la verdad de la negación de Pedro cambiaría la historia.
Entonces, si Dios no borra la historia, ¿qué hace?
¡La redime! ¡La redención es Su especialidad!
Pero, ¿qué de las consecuencias que no me pertenecen?
Por esto es tan importante la redención: porque a veces nos llegan las consecuencias de las acciones de otros.
No sembraron infidelidad, pero la cosecharon. No eligieron el hogar disfuncional en el que crecieron. Ni pidieron el abuso. No provocaron la violencia. No causaron la enfermedad. Simplemente, se encontraron viviendo en el vidrio roto de las decisiones de otra persona.
Pero Dios tampoco ignora el dolor de esta realidad.
Dios le dio espacio a Job para lamentar. Los Salmos están llenos de personas que le gritaron a Dios desde el fondo de realidades que no eligieron. El Salmo 22 no empieza con adoración, sino con: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal. 22:1). Eso es fe siendo honesta y real.
Dios no está ajeno al dolor de las consecuencias inmerecidas.
El Cristianismo no ofrece una respuesta a las consecuencias injustas, pero sí nos ofrece a alguien.
Cristo sufrió las últimas consecuencias de un pecado que nunca le tocó (Heb. 4:15; 2 Cor. 5:21).
No tenemos un Salvador que nos habla desde las afueras de las consecuencias que no le correspondían, sino a uno que conoce ese dolor desde el mismo lugar que nosotros: desde adentro del dolor. Ese pequeño detalle lo cambia todo.
Tu historia no termina
Entonces, ¿qué es lo que hace la redención? La redención no borra la herida. La redención no llama bueno a lo malo. La redención no actúa como si nada hubiera pasado.
La redención toma una realidad rota, y la dirige hacia un mejor final.
En ningún momento de la narrativa bíblica Dios reescribe lo que sucedió: José siguió siendo traicionado y esclavizado (Gén. 50:20), Moisés tampoco entró en la Tierra Prometida, los Cristianos que Pablo martirizó no resucitaron… pero Dios utilizó cada una de esas consecuencias para glorificarse en el destino de cada una de ellas. No cambió la historia de ninguno, sino que la redimió al final. Tu historia no cambiará; las consecuencias son la evidencia de tu nueva realidad.
La buena noticia es que, con Cristo, la meta no es desaparecer las consecuencias (Sus heridas y cicatrices todavía permanecen en su cuerpo resucitado — Juan 20:27), sino utilizarlas para darte algo mejor que una historia distinta: a Él mismo.



