¿Podemos confiar en nuestras copias de la Biblia?

large_if-the-bible-has-been-added-to-can-we-trust-it-dkfsdkxvArtículo escrito por: Lic. Juan M. Frontera Suau, para verdadyfe.com

Hoy en día, atacar la veracidad o legitimidad del texto bíblico es tan fácil como “quitarle un dulce a un niño”.  Como paréntesis, me parece que la persona que se inventó esa frase nunca intentó quitarle un dulce a un niño, pues el intento puede acabar siendo bastante complicado.  Créanme lo he intentado y no ha sido nada fácil.  Solo la fuerza bruta logra la hazaña.  

Hay infinidad de opciones en el mercado de las ideas para intentar lograr que el barco de la escritura haga agua y zozobre ante el embate de argumentos intelectuales que vienen sobre ella de todos lados.  Existen argumentos históricos —por ejemplo, los cuales resaltan: “La mayoría de los libros que componen las escrituras son un fraude, escritos mucho tiempo después de lo que intentan exponer y por personas distintas a la que alude el texto”.  Así también, están los argumentos morales —por ejemplo: “El Dios de la Biblia es un inmoral cínico que en su amor envía a su pueblo a cometer genocidio”.  Nunca faltan los argumentos basados en la lógica — por ejemplo: “Solo una lectura de los evangelios es suficiente para concluir que todos se contradicen unos con otros”).  

No obstante, en los últimos años ha arreciado su embate contra la veracidad y legitimidad bíblica aquel argumento que trata de ir al fundamento de la cosa.  Distinto a los argumentos mencionados en el párrafo anterior, los cuales versan primordialmente sobre si las palabras de la escritura son ciertas o tienen sentido: éste trata de poner en cuestionamiento si en efecto lo que estamos leyendo es la sagrada escritura.

No tenemos los Escritos Originales

El meollo del asunto versa sobre un hecho irrefutable: solo tenemos copias de manuscritos de los libros originales, los cuales ya no existen. Más aún, lo que tenemos son copias, de las copias de las copias. El argumento cobra más fuerza todavía cuando se le añade el elemento humano.  Los que copiaron las copias de las copias fueron seres humanos como tú y como yo. Concluye entonces el argumento con preguntas obligadas para todo ser pensante: ¿Cómo podemos estar seguros que los textos que leemos han sido preservados correctamente? ¿Cómo podemos estar seguros que lo que estamos leyendo es el texto sagrado?

De entrada, debemos limpiar un poco la mesa de las migajas del pensamiento confuso o defectuoso.  Hay que empezar por aclarar que el texto original no es un objeto físico.  El texto original está contenido en un objeto físico (entiéndase, el papiro en el que se escribió), pero no es el objeto físico per se. El autógrafa, como se le conoce al objeto físico que contenía el texto original, no es el texto original, simplemente le contenía.  Así, queda claro que aun cuando no tengamos el autógrafa el texto original pudo preservarse fuera del autógrafa. El método primario de preservación del texto original es el manuscrito.  La suficiencia de la evidencia a favor de que el manuscrito contenga el texto original es la multiplicidad de manuscritos existentes sobre el mismo texto.  Esto es así, ya que en la multiplicidad de manuscritos hay sabiduría. Mientras más manuscritos existan sobre el mismo texto mayor probabilidad existe que el texto original se encuentre en dicha multiplicidad, accesible entre los muchos.

Tener tantas copias, ¿ayudan a la credibilidad?

Ahora bien, como pueden ver, mientras más manuscritos tengamos del mismo texto más probabilidad de que podamos tener acceso al texto original para preservarlo. En cuanto a cantidad de manuscritos existentes, el Nuevo Testamento está en otra liga.  Es clase aparte al compararlo con libros de su misma época.  Sabemos que el número de manuscritos disponibles de textos del Nuevo Testamento siempre está en revisión; no obstante, del Nuevo Testamento en griego solamente tenemos alrededor de 5,500 manuscritos. 1 Ningún otro libro de la antigüedad se acerca a ni siquiera a tener la mitad de manuscritos con los que cuenta el Nuevo Testamento.

Por consiguiente, aun cuando no tengamos el autógrafa del Nuevo Testamento, los estudiosos reconocen que la multiplicidad de manuscritos permite poder tener acceso al texto original. 2 Así, la inmensa cantidad de material escrito disponible sobre el Nuevo Testamento para ser examinados por la crítica textual nos garantiza que el texto original está incluido dentro de dicho material listo para ser desempacado y expuesto.  Si Dios, en su providencia, hubiese escogido otra manera de preservar el texto original, no se parecería a su forma de actuar.  La palabra de Dios no la contiene ni la limita nada. No está encerrada en un papel impreso, contenida, fría e inamovible.  La palabra de Dios es viva y eficaz.  La palabra de Dios es transmitida. La palabra de Dios va y lleva a cabo su obra.

Lo anterior es inspirador. Nos ayuda a partir de premisas claras, el texto original es asequible aun cuando el autógrafa no esté a nuestra disposición. No obstante, quedan preguntas por contestar. ¿Cómo podemos identificar el texto original? ¿Cómo distinguimos el texto original de los cambios textuales o errores de los copistas? Algunos como Bart Ehrman,3 argumentan que tal esfuerzo es fútil. Fundamentan su conclusión en que los manuscritos que tenemos están en tan pobre estado y contienen tantas variantes que ningún método puede garantizar que podemos identificar el texto original entre dichos manuscritos. Pamplinas.

Podemos identificar las variantes y errores

Aun cuando es cierto que existen miles de variantes entre los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento lo importante es que la gran mayoría de estas variantes son relacionadas con asuntos menores e insignificantes en el texto (errores de deletreo, uso de sinónimos, orden de palabras, etc.).  Ninguno cambia de manera sustancial el significado del texto. Lo anterior, no quiere decir que ignoramos o negamos la existencia de variantes que puedan afectar de manera sustancial el significado del texto, pero estos son ciertamente de mucho menor escala y número. A su vez, serían verdaderamente un problema mayor si no los pudiéramos identificar como variantes o cambios del manuscrito original.  Así, el hecho de poderlos identificar con claridad y especificidad arroja credibilidad al proceso, ya que podemos claramente diferenciar entre las variantes cuál de ellas es la más fidedigna al texto original.

Por la gracia de Dios podemos hoy determinar a través de la crítica textual con cierto grado de certeza cuál de las lecturas de esa pequeña escala de variantes sustantivas es la que más se acerca al texto original. Siempre van a existir limitadas áreas grises en donde aún para los estudiosos escoger entre las variantes es difícil.  Pero en su gran mayoría, y de manera abarcadora, podemos tener la confianza y la certeza de que las palabras que leemos en nuestro Nuevo Testamento son las que escribieron los autores originales.  No tenemos el autógrafa, pero sí su contenido.


Fuentes:
1. Is Today’s Bible, the Real Bible?,  http://irr.org/todays-bible-real-bible, (última visita, 18 de junio de 2017).
2. Eldon Jay Epp “Textual Criticism” in The New Testament and its Modern Interpreters, ed. Eldon Jay Epp and George W.
MacRae (Atlanta: Scholars Press, 1989), 91.
3. Jesus and the Hidden Contradictions of the Gospels, http://www.npr.org/templates/story/story.php?storyId=124572693
(última visita, 18 de julio de 2017).

 

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