Cuando Jesús llamó a sus discípulos a ser “pescadores de hombres”, la idea que tuvieron Andrés y Pedro en sus cerebros es, probablemente, un poco distinta a la nuestra. Hoy día, escuchamos la frase y entendemos que es una alegoría misional: que debemos traer almas a Cristo; evangelizar y ya. No es que esa idea esté equivocada, pero sí puede ser un poco superficial.
Entonces, ¿qué significa “ser pescadores de personas”?
Esta semana publicamos dos episodios de nuestro podcast pues lo vimos pertinente. Hace dos días publicamos el episodio 228, y desde entonces hemos recibido algunas reacciones al respecto. Veo que mis palabras pudieron haberse entendido diferente a la intención que tenía al grabar el episodio así que voy a esclarecer mejor lo que deseaba.
Quisiera comenzar diciendo que el equipo de Verdad y Fe, tanto en el Podcast como en los artículos que escribimos o las charlas que damos, nos esforzamos por traerles un contenido responsable y bíblico porque reconocemos que rendiremos cuentas de cada palabra dicha al Señor. Aún así, no somos infalibles. Yo, Rick Lipsett, no soy infalible. Si eres Cristiano, es importante que cualquier enseñanza o podcast que escuches, como este que escuchas ahora mismo, lo filtres a través de lo que dice en la Biblia. La Palabra de Dios es la que da dirección al creyente.
Pero bueno, cuando hablaba de llamados al altar en el episodio anterior, y en este, me refiero al llamado que la iglesia moderna (de la actualidad) hace, a que las personas respondan al mensaje de salvación predicado y pasen al frente, a la tarima, plataforma o “altar” (dependiendo como le digan en esa congregación) para recibir a Jesús como Señor y Salvador de sus vidas. Es el momento donde se expresa la fe en Cristo y las personas le entregan públicamente sus vidas al Señor.
Muchas personas piensan que la parte más importante del servicio dominical es el llamado al altar, sin embargo la Biblia es clara al afirmar que la fe que salva viene por la predicación de la Palabra de Dios (Romanos 10:17). No es gracias al llamado del pastor. Quien trae a las personas al arrepentimiento es el Espíritu Santo (Juan 16:8). A nosotros lo que nos corresponde es enseñar el evangelio con el objetivo de persuadir.
J. Mack Stiles lo dijo así: “Debemos reconocer que Dios es soberano y puede hacer lo que quiera para traer a las personas a sí mismo. No hay ninguna fórmula que dicte cómo Dios debe obrar en la evangelización.” 1
Uno de nuestros seguidores escuchó la respuesta a la pregunta del episodio 226, donde hablábamos que Dios hace todo para su gloria y quiso saber si como Dios magnifica y engrandece su nombre en todo lo que hace, si eso significa que se adora a sí mismo. Hoy buscaremos la respuesta de esto en la Biblia misma.
Unas de las preguntas que más nos hacemos en relación a los Evangelios son: ¿Quién o quiénes los escribieron? ¿Cuándo fueron escritos? ¿Existe alguna razón para sospechar que son totalmente una fabricación?
Usualmente las afirmaciones realizadas desde el punto de vista crítico de un escéptico son las siguientes:
Los Evangelios son documentos anónimos; no podemos determinar quién los escribió.
Los Evangelios fueron escritos muy tarde. Algunas personas dicen que entre los años 70 a 100 DC, y otras hasta en el siglo II DC.
En algunas áreas, los Evangelios son producto de la imaginación del autor.
En la siguiente investigación podemos encontrar que estas afirmaciones son injustificables y contradicen la evidencia disponible. En respuesta, nosotros afirmamos que:
Esta es una pregunta que nos hicieron. La razón de la pregunta, es que como Dios estuvo dispuesto a rescatarnos, quizás vio mayor valor en nosotros los humanos que en su propio Hijo.
Hay un problema inmediato en la posibilidad de que Dios nos ame más que su hijo. Si Dios amara al ser humano más, seríamos los ídolos de Dios. Dios se convertiría en idólatra, lo cual es imposible pues Dios no puede pecar.
Otra cosa a considerar es que cuando Dios envía a su Hijo a morir por nosotros, no envió a una persona externa. Dios se estaba enviando a sí mismo, en la persona de su Hijo. Es cierto que podemos usar nuestro idioma para decir que Dios ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3: 16). Pero de la misma manera podemos usar nuestro idioma para decir que Dios mismo se sacrificó por nosotros.
Todos tenemos prejuicios. Si alguien alega que no los tiene, miente. Yo tengo prejuicios y tú también. Los prejuicios son problemáticos muchas veces cuando tratamos de defender nuestra cosmovisión. Si estamos hablando con una persona y el caso que presentamos a favor del cristianismo es desde la arrogancia, nuestros prejuicios estarán en la superficie, fácilmente visibles para aquel con quien hablamos.
Si defendemos el cristianismo es porque creemos que tenemos la verdad. Así que ese es nuestro prejuicio: creemos que el opuesto vive o cree una mentira.
Aunque el cristianismo es cierto y tenemos razones de sobra para afirmarlo como tal, no podemos plantar nuestros pies en la arrogancia de nuestro prejuicio pues nadie querrá escucharnos. Por eso es que los prejuicios son problemáticos. Son muchos los cristianos que cuando se enfrentan a alguien que cree diferente a ellos, optan por levantar una barrera y despedir a la persona. Le dirán: “No estoy interesado en lo que me quieres decir. Soy Cristiano y no cambiaré de parecer acerca de mis creencias.” Posiblemente nos ha pasado a todos. Especialmente si nos sorprendieron en un momento inoportuno de prisa. Pero esto no es una actitud correcta para un embajador.
El embajador de Cristo necesita tener una mente inquisitiva. Sólo con esta actitud, podremos realmente conversar con las personas y tener un interés genuino en la persona y lo que nos dice. No significa que vamos a recibir y asimilar todo lo que nos digan como si fuera igualmente válido y bueno. Lo que significa es que asumimos una postura de humildad y de interés en la persona, a la vez de querer madurar intelectualmente, conociendo lo que ellos creen de manera más cercana.
Mensaje predicado originalmente en la Iglesia Cristiana Catacumba de Cayey, el domingo 12 de mayo de 2024.
¿Cuántas veces has escuchado que no hay manual de instrucciones para ser madre? La persona que repite esta frase o sus derivados siente que dice algo muy profundo. Era algo que yo también creí en un momento. Pero cuando vine al Señor, descubrí que esto es falso. De hecho la Biblia es nuestro manual. No sólo para la maternidad o paternidad, sino que para nuestras vidas completas. Así que aunque me referiré hoy a las madres, no se me duerma, pues veremos unos principios importantes que aplican a padres, abuelos, niños y todo aquel que vive en Cristo para la gloria de Cristo.
Tomemos el tiempo hoy de analizar el diseño para la maternidad que nos da la Biblia. Específicamente a través del ejemplo de María, la madre de Jesús. No le llamo Madre de Dios, pues aunque es cierto que Jesús es Dios, dice la Escritura que por medio de Jesús, todo lo que existe, fue creado (Colosenses 1:15-17). Por lo tanto, Jesús diseñó a la madre que quería tener cuando se encarnara. Esa fue María.
Por supuesto la implicación de esa verdad es que también Jesús diseñó a cada madre para que fuera de referencia e influencia directa a los hijos que le dio. Por eso hoy, celebramos a las madres. La bendición de Dios para cada uno de nosotros comenzó con una madre que nos trajo al mundo con dolor y sacrificio. Madres que para muchos de nosotros fueron pieza clave en nuestra crianza. Para otros, esa madre no fue biológica, sino que hubo o hay una madre espiritual en nuestras vidas quien nos acercó a Jesús y estuvo o está ahí para nosotros con todo su corazón. Hoy celebramos a ambas madres
Hace unos días, un hermano muy amado, que recientemente comenzó a asistir a la iglesia donde me congrego, me comentó que no ve a muchos persignarse en los servicios dominicales como en la Iglesia Católica donde había estado toda su vida. Esto le provocó la duda de la que hablo aquí hoy.
Según el catecismo de la Iglesia Católica, persignarse (hacer la Señal de la Cruz) tiene varias razones de ser. Por ejemplo:
“Las palabras (“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”) proclaman nuestra fe en el Nombre Único del Dios Único, quien es una Trinidad de tres Personas , Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. “El Misterio de la Santísima Trinidad es el Misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el Misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina.” (CIC 234) 1
También lo ven como una manera de declarar públicamente la creencia en Cristo:
“Actúan como oración en cuatro partes: Las palabras recitadas en conjunto con el gesto, son una oración de proclamación de nuestra fe, una oración de acción de gracias y de alabanza al Dios quien nos ha adoptado como sus hijos, en su Hijo, una oración de protección contra todo lo que pueda intentar alejarnos de Él, y una oración de petición de la luz verdadera que nos ilumina.” 2
Recientemente luego de una charla de apologética, uno de los presentes explicó que entendía contradictorio decir que el Espíritu Santo mora en el creyente, mientras que también se dice que Dios es santo y como tal, no puede relacionarse con el pecado. Por lo tanto, si tenemos una naturaleza pecaminosa, no debería ser posible que el Espíritu Santo more en nosotros.
Esta pregunta va directo al corazón del evangelio. Parece estar señalando una contradicción en la doctrina cristiana, pero en realidad lo que nos muestra es una paradoja. Me explico: una contradicción es cuando se dice lo mismo que se niega. Como decir que la pared es blanca y la pared no es blanca. Pero una paradoja es una idea extraña o irracional que se opone al sentido común y a la opinión general.1 Ejemplo: Dios es santo y mora en el creyente.