¿Cómo se ama a Dios?

Por lo general, cuando le preguntas a un Cristiano si ama a Dios, no tardará en contestar de una forma positiva y enfática. Sí, amamos a Dios y no tememos duda de ello. Ahora, cuando alguien te pregunta: “¿Cómo es que se ama a Dios?”, ¿qué contestarías?

¿Sabemos cómo amar a Dios? O, más importante aún: ¿estamos amando a Dios correctamente?

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¿Amamos correctamente?

Cuando amamos a una persona, no la podemos amar como a nosotros nos plazca amarla – ¡eso no es amar!

Imagina que a tu pareja le fascina el beisbol y el sushi. Sin embargo, a ti te gusta la comida italiana y el cine. En el día de tu cumpleaños, tu pareja hace un día perfecto: ¡taquillas de primera fila para el partido de beisbol y reservaciones en el mejor restaurante de sushi de la cuidad! ¿Qué pensarías? ¿Te sentirías amado/a?

¡Claro que no!

Cuando queremos demostrarle a una persona que la amamos, buscamos las cosas que le agradan a esa persona. Hacemos las cosas que le gustan a esa persona para que vea que estamos muy interesados en agradarle. Pero para poder lograr esto, tenemos que pasar tiempo con la persona y dedicarnos a conocerla.

Si hacemos cosas para otros que sólo nos gustan a nosotros, no estamos amando correctamente. Amamos a alguien cuando nos sacrificamos para amar a esa persona de la forma que quiere ser amada.

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¿Cómo amamos a Dios?

Sencillo. En Mateo 22:37-38 lo resume de la siguiente manera:

Jesús contestó:

—“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”Este es el primer mandamiento y el más importante.

Amamos a Dios cuando lo amamos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente. Fácil, ¿no?

No, necesariamente.

¿Sabemos qué es nuestro corazón? ¿Cómo puedo amar a Dios con mi corazón? ¿Qué tal tu alma? ¿Qué es? ¿Cómo se ama a Dios con mi alma? ¿Con mi mente?

Muchas veces leemos este versículo y lo resumimos: “hay que amar a Dios con todo lo que somos” y ya. Pero Jesús hace una distinción entre cada aspecto de quiénes somos. El hecho de que Jesús haya puesto la palabra “y” significa que tiene que ser con todos estos aspectos a la vez – no puedo amar a Dios con mi corazón, pero no mi alma, por ejemplo.

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Entonces, ¿qué es mi corazón? ¿Cómo amo a Dios con mi corazón?

Nuestro corazón es el centro de nuestros deseos y nuestra voluntad (Éxodo 35:5; Deuteronomio 8:2; Romanos 2:5). Además, es de dónde viven nuestros sentimientos (Provervios 14:30; 23:17).

Esto significa que para amar a Dios con nuestro corazón necesitamos fundamentar nuestros deseos en Su Palabra, rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios y guiar nuestros sentimientos a través de Su verdad. Y ésto no es fácil.

Hacer la voluntad de Dios por encima de lo que nosotros nos gusta no siempre trae felicidad – pero siempre traerá gozo. Cuando entendemos que no vivimos para nosotros, lo que nosotros queremos no es lo importante. Después de todo, cuando amamos, nos olvidamos de lo que queremos para agradar a la otra persona.

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¿Qué es mi alma? ¿Cómo amo a Dios con mi alma?

Nuestra alma es nuestro “yo” inmaterial – el centro de nuestra personalidad y nuestro carácter (Mateo 10:28; Juan 12:25). Quién tú eres es lo que se conoce como “alma.”

C.S. Lewis capturó la esencia de lo que es el alma:

“Tú no tienes un alma – tu ERES un alma. Lo que tienes es un cuerpo.”

Cuando miras a una persona, no estás viendo a la persona – estás viendo en dónde está la persona: su cuerpo. No puedes ver lo que hace a una persona ser esa persona – porque esa parte no es material. Su personalidad, su carácter, su forma de ser – todo esto es el alma y no hay características físicas para describirla. Si toman tu alma y la ponen en el cuerpo de tu amigo o amiga, vas a seguir siendo tú – pero en el cuerpo de tu amigo/a; porque no eres tu cuerpo: ¡eres tu alma!

Por lo tanto, amamos a Dios con nuestra alma cuando nos dedicamos a Dios de forma que Él moldee nuestro carácter al suyo, para que nuestra personalidad lo refleje en todo lo que digamos y hagamos.

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Y, ¿la mente?

Nuestra mente es el centro de nuestra razón y nuestros pensamientos (Romanos 14:5; Filipenses 4:8; Colosenses 3:2). Es el portero de nuestro ser – lo que guarda nuestro corazón y vigila las acciones de nuestra alma.

La forma de amar a Dios con nuestra mente es sencilla. Amamos a Dios con nuestra mente cuando  la exponemos a la verdad: Su Palabra (Juan 17:17) y la persona de Jesús (Juan 14:6; 18:37).

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¿Por qué hay que amar a Dios con las tres?

El corazón, el alma y la mente trabajan juntos. ¡Es a través de esta integración que amamos a Dios como Él quiere ser amado! ¿Cómo se integran?

Primero, la mente recibe.

Por esto es tan importante conocer la Verdad de Dios. Es en la mente donde decidimos qué es lo correcto y qué no. Es en la mente que aceptamos o rechazamos ideas, información y todo lo demás que recibe. Si no tenemos una medida correcta de lo que es verdad, entonces no sabremos reconocer lo que no es verdad. Para poder conocer la mentira, primero hay que conocer la verdad. No se puede saber cuando una línea es curva, sin antes saber cómo es una línea recta.

Segundo, el corazón cree.

Una vez nuestra mente acepta algo, el corazón lo cree como cierto – aunque no lo sea. Si nuestra mente no conoce la verdad, nuestro corazón creerá mentiras. Piénsalo. ¿Nunca has creído en algo que no era verdad? Es nuestro corazón el que se duele cuando nos damos cuenta que creíamos en una mentira. Por esto es que la Biblia nos dice que guardemos nuestro corazón. Guardar nuestro corazón no es cerrarlo ante todo – es ser sabios sobre qué entra en él.

Tercero, el alma vive.

Cuando nuestro corazón cree, nosotros vivimos según esas creencias. Nuestra personalidad, nuestro carácter y todo nuestro ser tomará decisiones y acciones a base de ello. Cuando la Palabra nos dice que del “corazón mana la vida” es porque, una vez el corazón se convence de algo, el alma lo vive y lo expresa.

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Al estar tan integrados nuestro corazón, alma y mente, es certero decir que: o amamos a Dios con TODO lo que somos – o no amamos a Dios.

Para amar a Dios, tenemos que amarlo de la forma que Él quiere ser amado, no como nosotros queramos amarlo. La forma correcta de amar a Dios es con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente – ¡incluyendo todo lo que eso implica!

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