5 Razones sobre porqué la gente rechaza el Evangelio

Por lo general, la persona atea o escéptica se denomina como tal a causa de su desconocimiento de una teología correcta, datos históricos erróneos y/o su irresponsable uso de lógica y filosofía. Sin embargo, aún al presentar buenos argumentos y evidencias sobre estos temas, hay otros factores que juegan más con el corazón de la persona que con su intelecto.

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1. Pobre conducta Cristiana

Las personas que se llaman a sí mismos Cristianos pueden ser…difíciles. Simplemente no hay manera de excusar ni defender el asunto. Desde aquellos que protestan con carteles de odio hasta la persona que te hizo el gesto obsceno con su mano desde su auto con la calcomanía de “¡Yo amo a Jesús! ¿Y tú?”, hay Cristianos que no siempre se comportan con decoro, amor y entendimiento.

Obviamente, esto no ayuda a que ellos se acerquen a Cristo.

Gaudium et Spes una vez mencionó que:

“Los creyentes mismos tienen parte de la responsabilidad [del ateísmo.] Fracasan en su vida religiosa, moral o social [hasta el punto] que se tiene que decir que esconden, en vez de revelar, la verdadera naturaleza de Dios y de la religión.”

Por lo tanto, si hablas con alguien que se resiste más a los Cristianos que a Jesús o el Cristianismo, sin duda es porque ha sido herido por “Cristianos” en el pasado. Sin embargo, es importante entender que el Cristianismo no depende del comportamiento ni de la forma de ser de sus seguidores. Ghandi famosamente dijo: “Si no fuese por los Cristianos, yo sería Cristiano,” pero esto no es más que una excusa. No se llega a ser Cristiano poniendo la confianza en el carácter de un Cristiano; uno es Cristiano porque pone su confianza en Cristo. Claro, el testimonio de un Cristiano (es decir, cómo afirma las verdades del Cristianismo) está atado a su carácter y conducta. Sin embargo, la realidad de Cristo no depende del testimonio de quienes profesan conocerle.

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2. Dolor Emocional

Cuando Russell Baker tenía cinco años, su papá fue llevado al hospital y allí murió. Este columnista del periódico “New York Times” recuenta en su autobiografía que fue un momento clave en su vida:

“Por primera vez pensé seriamente sobre Dios. Entre llantos, le dije a Bessie [la ama de llaves] que si Dios le hacía esto a personas buenas, entonces Dios era odioso y ya no le tenía uso.

Bessie me dijo sobre la paz del Cielo, del gozo de estar entre los ángeles y la felicidad de mi padre que ya estaba allí. Pero este argumento no calmó mi rabia. ‘Dios nos ama a todos como si fuesemos sus hijos,’ dijo Bessie. “Si Dios me ama,” contesté, “¿por qué hizo que mi papá muriera?”

Bessie dijo que algún día entendería, pero sólo tenía parte de la razón. Esa tarde, aunque no lo podía frasear de esta manera, decidí que a Dios no le importaba la gente […] Ese día decidí que no se podía confiar en Dios completamente.

Después de eso, nunca volví a llorar con convicción, ni esperaba mucho de nadie, salvo por la indiferencia de Dios, ni amé profundamente por miedo que me costaría mucho dolor. A la edad de cinco años, me convertí en un escéptico.” (Growing Up, 61)

La historia de Baker no es poco común y es reveladora sobre la sicología que hay detrás del escepticismo. De seguro hay una (o varias) personas que conoces que han perdido la fe por culpa de una tragedia en su vida. Es como si vinieran de la mano. Un estudio hecho por la sicóloga Julie Exline de Case Western Reserve University apoya esta noción. Al estudiar estudiantes universitarios, su investigación concluyó que “los ateos y agnósticos reportaron más ira hacia Dios durante sus vidas que los creyentes. Un estudio aparte también encontró este patrón en individuos desconsolados.” Si los ateos y agnósticos están enfadados con Dios, ¿qué dice eso sobre su escepticismo? Parece sugerir que las razones por rechazar a Dios son más motivadas por su dolor que un análisis racional de la evidencia. Esconden este rechazo emocional a Dios detrás de razones “intelectuales.”

En pocas palabras, no tienen buenas razones para pensar que Dios no existe, sencillamente prefieren que no exista para poder aliviar su dolor emocional. El problema aquí es que Dios no es quién provoca el mal y el sufrimiento del mundo, necesariamente. Decir que Dios no existe porque hay mal en el mundo no es un buen argumento en contra de la existencia de Dios ni la veracidad del Cristianismo. El Evangelio depende de tres cosas claves:

  1. La existencia de Dios
  2. La existencia de Jesús
  3. La resurrección corporal de Jesús

De lo que el Evangelio NO depende es de los sentimientos de cada cual.

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3. Ausencia de Papá

La situación de Baker, desafortunadamente, lo hizo propenso a este tipo de reacción. Paul Vitz argumenta en su libro Faith of the Fatherless, que la ausencia del papá o la presencia de un papá defectuoso (abusivo, o débil, o cobarde, por ejemplo) puede jugar un rol importante en los jóvenes para tender hacia el ateísmo.

La hipótesis de “padre defectuoso” de Vitz sugiere que una relación rota con el papá hace que sea muy difícil aceptar un supuestamente amoroso Padre en el Cielo. Vitz llegó a esta conclusión estudiando las vidas familiares de los grandes ateos de la historia (como Hume, Schopenhauer, Nietzsche, Russell, Sartre, Camus, Hobbes, Voltaire, Butler, y Freud). Todos tenían padres que habían fallecido o que eran “defectuosos” de una forma significativa. Un autor llamado James Spiegel notó que también se le puede aplicar este principio a muchos ateos de la modernidad como Daniel Dennett y Christopher Hitchens. (The Making of an Atheist, 68)

Claro, esto no es que todos los niños sin papás se vuelven ateos y hay muchísimas otras cualificaciones y sutilezas que no se discutirán aquí. Sin embargo, es un punto para mantener en mente cuando se habla con escépticos. Los seres humanos concebimos a Dios de acuerdo con el patrón que observamos en nuestros padres terrenales. Cuando ese papá no está presente o no es amoroso, “la decepción y el resentimiento que tiene el ateo con su propio padre inconscientemente justifica el rechazo de Dios.” (Vitz, 16) Además en una cultura en la cual una tercera parte de los niños crecen sin su padre biológico y un 40% de bebés naciendo en relaciones donde su mamá no está casada, es muy probable que nos encontremos con esta situación con mayor frecuencia en el futuro.

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4. Lo que cuesta seguir a Cristo

G.K. Chesterton resumió perfectamente este punto cuando dijo:

“No es que el ideal Cristiano ha sido intentado y resulta ser insuficiente, sino que resulta ser difícil y se deja sin intentar.”

En pocas palabras: ¡Seguir a Cristo es difícil!

Desde sacar tiempo para congregarse, y educarse bíblicamente (estudiando la Bíblia y leyendo libros al respecto), hasta sacar tiempo para orar y estar dispuesto a no comprometer tu integridad aunque salgas perdiendo, no es sorpresa que ni siquiera algunos que dicen ser Cristianos no vivan según los estándares requeridos.

El filósofo Mortimer Adler se convirtió a Cristo mientras tenía 80 años, luego de décadas escapando ese compromiso. Durante ese tiempo admitió que convertirse a una fe sería muy difícil. Requeriría un “cambio radical en mi manera de vivir, una alteración a la dirección de mis decisiones diarias, y mis decisiones hacia los últimos objetivos que alcanzaba o eperaba… Simplemente, no quería vivir siendo una persona genuinamente religiosa.” (Philosopher at Large, 316).

En estos casos, el escepticismo no es más que la racionalización de vivir cómodamente. Las personas no quieren la responsabilidad y el compromiso que requiere ser Cristianos – así que el Cristianismo debe ser falso.

El Papa Juan Pablo II notó que esta actitud puede llevar a resentimiento y hasta al odio de la religión:

“La realidad es que alcanzar o entender una verdad mayor requiere más esfuerzo de nuestra voluntad. Por lo tanto, para escapar de este esfuerzo – para excusar nuestro fracaso de obtener esta verdad – minimizamos su importancia; le negamos el respeto que merece y hasta la vemos como malvada de alguna forma.” (Love and Responsibility, 143).

Sin duda, esto explica algunos de los desprecios que hay en contra del Cristianismo.

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5. Inmoralidad

Es posible que esta sea la razón (o excusa) más común para el escepticismo hoy día.

Particularmente, el pecado sexual parece ser el factor más común que lleva nuestra cultura a no creer.

Brant Hanson dice que, al parecer, la gente “piensa que hay algo sumamente mal con un sistema de creencia que no permite que dos adultos sin casar y con consentimiento mutuo tengan relaciones sexuales.”

Casi siempre lo llevan más allá. En una cultura donde todo gira en torno al individuo – que busca su propio placer, su propia felicidad y todo lo que se haga para conseguir esto es lo “correcto” – el Cristianismo se convierte en el gran obstáculo moral cuyo propósito de existencia es decirle un gigantezco “¡NO!” a todo lo divertido. Lo que fracasan en ver es todos los beneficios emocionales y físicos que vienen con seguir las instrucciones de Quién mejor nos conoce en este aspecto.

Esta conexión entre la inmoralidad y pensamientos defectuosos fue encontrada hace muchísimos años atrás.

Pablo le escribe a los Efesios que “no vivan como los que no conocen a Dios, porque ellos están irremediablemente confundidos. Tienen la mente llena de oscuridad; vagan lejos de la vida que Dios ofrece, porque cerraron la mente y endurecieron el corazón hacia él. Han perdido la vergüenza. Viven para los placeres sensuales y practican con gusto toda clase de impureza.” (Efesios 4:17-19)

Pablo culpa la confusión mental en corazones endurecidos y mentes cerradas. Cuando leemos Romanos 1, vemos que la inmoralidad y las malas ideas son mejores amigos, trabajando en un ciclo terrible.

“Pero Dios muestra su ira desde el cielo contra todos los que son pecadores y perversos, que detienen la verdad con su perversión.

“Es cierto, ellos conocieron a Dios pero no quisieron adorarlo como Dios ni darle gracias. En cambio, comenzaron a inventar ideas necias sobre Dios. Como resultado, la mente les quedó en oscuridad y confusión. Afirmaban ser sabios pero se convirtieron en completos necios.

“Entonces Dios los abandonó para que hicieran todas las cosas vergonzosas que deseaban en su corazón. Como resultado, usaron sus cuerpos para hacerse cosas viles y degradantes entre sí. Cambiaron la verdad acerca de Dios por una mentira. Y así rindieron culto y sirvieron a las cosas que Dios creó pero no al Creador mismo, ¡quien es digno de eterna alabanza! Amén.” (Romanos 1:18, 21-22, 24-25)

Pablo argumenta que la naturaleza de la realidad (la verdad) es evidente para todos excepto aquellos que “detienen la verdad con su perversión.” Esto provoca que creen otras ideas sobre Dios, ideas necias, y éstas provocan que sus MENTES – su herramienta para poder reconocer la verdad – queda en oscuridad y confusión. Esto provoca “cosas vergonzosas que deseaban en su corazón” – porque no pueden confiar en sus mentes. Así, cambian “la verdad acerca de Dios por una mentira.”

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En fin, los ateos y escépticos pueden presentar argumentos racionales para rechazar el Evangelio, pero la realidad es que esos argumentos racionales son un telón de humo que esconde la condición de un corazón que necesita del amor y el perdón de Cristo.

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Traducido y adaptado del artículo por Donald J. Johnson

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