¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?

Esta postura parte de la premisa que los seres humanos crearon o se inventaron a un “Dios” para tener paz mental, “satisfacer” sus necesidades y cumplir sus deseos. Así tienden a explicar la presencia de las miles deidades a través de los siglos y las culturas. Tienden a pensar que Dios es una invención humana para llenar alguna necesidad.

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Pero, ¿por qué existe esta necesidad?

Si Dios no existe, ¿por qué pensamos que lo necesitamos? Desde las culturas más desarrolladas hasta las culturas indígenas que viven en lo más remoto del mundo, todas tienen deidades y una necesidad de un Ser más grande que ellos. ¿Cómo el ateo explica esto?

La refutación a esta postura anti-Cristiana se conoce como el “Argumento del Deseo.”

C.S. Lewis lo puso de la siguiente manera:

“Las criaturas no nacen con deseos a menos que una satisfacción a esos deseos exista. Un bebé siente hambre; pues hay tal cosa como comida. Un patito quiere nadar; pues hay tal cosa como agua. Los hombres sienten deseo sexual; pues hay tal cosa como sexo. Si encuentro en mi una necesidad que ninguna cosa en este mundo puede satisfacer, la explicación más razonable es que fui hecho para otro mundo. Probablemente los deseos del mundo nunca tuvieron el propósito de satisfacerlos, sino sólo despertarlos – sugiriendo lo verdadero.”

La necesidad de Dios está porque existe una satisfacción a esa necesidad. La buscamos más allá de este mundo, porque no hay nada en este mundo que satisfaga esa necesidad de Dios. Los humanos tienen todo tipo de deseos que nos satisfacen momentáneamente. Sin embargo, por más agradable que sean estas experiencias, anhelamos algo más. Algo permanente. Algo más allá. Algo perfecto.

C.S. Lewis también escribe sobre la llenura de la música y la literatura:

“Los libros y la música en los cuales se nos enseñó que encontraríamos belleza nos traicionarán si confiamos en ellos; no es en ellos, si no a través de ellos que viene – y lo que viene es el anhelo. Estas cosas – la belleza, la memoria de nuestros pasados – son buenas imágenes de lo que verdaderamente deseamos; pero, si son confundidas por lo que verdaderamente representan, se convierten en tontos ídolos, que rompen los corazones de sus adoradores.”

Nuestros gozos terrenales no son fines en si mismos. Nuestros estados de deseos incumplidos nos apuntan a Alguien que sí puede satisfacer. Si Dios nunca hubiese existido, nosotros no lo sabríamos. Como la luz, por ejemplo. Si nunca hubiese existido la luz, no hubiésemos tenido necesidad de ojos, por lo cual nunca nos preguntaríamos cosas como: “¿Existe la luz?”; “¿Qué es la luz?”; “¿Qué es ‘ver’?”; “¿Por qué no puedo ver?”

Por lo tanto, el mero hecho de que nos cuestionemos la existencia de Dios apunta a que existe. Si no, no hubiese necesidad de cuestionarlo, porque no sabríamos que Dios nunca existió.

[Ambas citas de C.S. Lewis son de su libro “The Weight of Glory.”]

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