¿Dios ordenó genocidio en el Antiguo Testamento?

Episodio 298 de Verdad y Fe Podcast

Cuando leemos en el Antiguo Testamento que Dios ordenó destruir naciones enteras, es normal que se levante una pregunta incómoda: ¿estamos frente a un genocidio… o frente a algo que no hemos entendido bien? ¿Cómo puede un Dios bueno y amoroso ordenar actos que, a primera vista, parecen violentos e inmorales? Y más importante aún, ¿qué nos dicen estos pasajes difíciles sobre la gravedad del pecado y el carácter santo de Dios?

¿Dios ordenó genocidio?

Según el diccionario, genocidio es el exterminio sistemático de un grupo humano por motivos de raza, religión o política.1 Si sólo nos dejamos llevar por esa definición, automáticamente desaparece la objeción de que hubo genocidio en el corazón de Dios al mandar a Israel terminar con pueblos, como Canaan. Esto es, porque la razón de Dios no era raza, religión o política. Era una cuestión de justicia y moralidad. Dios juzgaba el pecado en ellos. O como escribió R.C. Sproul:

[Dios] no actúa de manera irracional, tampoco muestra o permite violencia sin algún propósito.2

Por supuesto esto no elimina la inquietud que se levanta cuando vemos declaraciones  de parte de Dios como lo que leemos en Deuteronomio 7:1-2 (NTV):

»Cuando el Señor tu Dios te lleve dentro de la tierra donde estás a punto de entrar y que vas a poseer, él te abrirá camino quitando de tu paso a muchas naciones: los hititas, los gergeseos, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos. Esas siete naciones son más fuertes y numerosas que tú. Cuando el Señor tu Dios las entregue en tus manos y las conquistes, debes destruirlas por completo. No hagas tratados con ellas ni les tengas compasión.

El problema es que si leemos sólo esas porciones sin considerar lo que Dios ya había dicho al respecto, no entenderemos el castigo. Dios le dijo a Abraham cuatro generaciones antes:

(En cuanto a ti, morirás en paz y serás enterrado en buena vejez). Cuando hayan pasado cuatro generaciones, tus descendientes regresarán aquí, a esta tierra, porque los pecados de los amorreos no ameritan aún su destrucción». (Génesis 15:15-16)

Fue por la perversidad de la magnitud del pecado que practicaban esas naciones, fue que Dios mandó justicia contra Sodoma y Gomorra en Génesis 19. Eso significa que hubo algunos 400 años de misericordia para que esas naciones se arrepintieran y fueran perdonadas. Pero las naciones que fueron destruidas por los Israelitas estaban recibiendo la justicia divina por su maldad, que era perversa.

No sólo eso, sino que Dios también advirtió a su propio pueblo, a quien usó para traer su justicia a esas naciones que si ellos llegaran a copiar las conductas de esas naciones, también recibirían la justa ira suya:

»No hagan nada de esto, o de lo contrario, se volverán impuros. Los pueblos que ahora voy a expulsar del territorio que les voy a dar, han cometido todas estas maldades, y tanto ellos como el territorio se han vuelto impuros. Pero ni ustedes ni los extranjeros que vivan en su país deberán comportarse tan mal. Si lo hacen, tanto ustedes como el territorio se volverán impuros, y tendré que expulsarlos también a ustedes. (Levítico 18:24-28 TLA)

Significa que Dios no tenía preferidos con su Pueblo por ser Israel. Lo que no podía dejar pasar era la maldad, sin que tuviese castigo. Veamos un ejemplo de la maldad que practicaban, publicado en un artículo académico del Dr. Clay Jones:

Moloc, una deidad cananea del inframundo, era representada como un ídolo erguido, con cabeza de toro y cuerpo humano, en cuyo vientre se avivaba el fuego y en cuyos brazos extendidos se colocaba un niño que sería quemado vivo. No solo se sacrificaban niños no deseados. Plutarco relata que durante los sacrificios fenicios (cananeos), «toda la zona delante de la estatua se llenaba con un fuerte ruido de flautas y tambores para que los lamentos no llegaran a oídos del pueblo». Y no solo se sacrificaban infantes; se sacrificaban niños de hasta cuatro años.3

Esa no es la única atrocidad que cometían las naciones que Dios juzgó a través de la espada israelita. Pero el punto es que luego de 400 años de dar oportunidad de arrepentimiento, Dios hizo justicia por la maldad de estos pueblos. Por lo que, como mencioné al principio, no se trataba de genocidio, sino de justicia.

Entendamos la realidad del pecado

En este tema, es medular poder entender la fealdad del pecado. Mientras la visión del pecado sea algo trivial, no tendremos el marco de referencia correcto para entender las acciones justas de Dios. El pecado no es un error nuestro. Es irnos en contra del carácter y perfección del Dios que creó el universo, los animales, las plantas y a nosotros. Es irnos en contra de quien ordenó la creación con leyes. Estas leyes son obedecidas por toda la naturaleza sin falla, pero cuando miramos a la humanidad, somos los únicos que nos vamos en contra de nuestro diseño. Fuimos los únicos hechos a imagen de Dios y como tal, debimos ser moralmente buenos siempre, pero optamos por la perversidad.

La perversidad es voltear nuestro rostro al de Dios y levantar nuestros puños al aire en señal de rebeldía. En vez de decir que se haga tu voluntad, decimos que se haga mi voluntad. Y al hacerlo, escupimos la cara del Dios perfectamente bueno que nos hizo a su semejanza. Tomamos lo que nos dio para hacer lo contrario a su diseño. Creamos pequeños dioses a los que preferimos adorar en vez de al único Dios merecedor de adoración. Ídolos como nuestro propio orgullo, nuestros hijos, nuestros trabajos, nuestros conceptos, etc. Cosas que nunca pudieron darnos identidad ni libertad, queremos sustituirlos y colocarlos en el lugar de Dios. El pecado es serio y extremadamente feo. Es vivir la injusticia criminal contra la máxima autoridad. Nuestro pecado es contra Dios y por eso, merecemos castigo. Merecemos que se haga justicia en contra nuestra.

¿Qué significó la orden de Dios para Israel?

Ahora, imagina la advertencia que tendría Israel al ver con sus propios ojos y experimentar con sus propias manos, lo que significaría si se alejaban de Dios y cometían las mismas atrocidades que estas naciones. La justicia divina les llegaría también a ellos. De hecho, fue lo que sucedió en el exilio. Israel fue expulsado de sus tierras, como ellos habían expulsado a los Cananeos en el pasado. Greg Koukl nos advierte a nosotros:

Dios es Dios y nosotros no. Él no debe ser medido con nuestros estándares. Más bien, nosotros debemos ser medidos con los suyos. Y esto nos lleva a la raíz de nuestra dificultad con el juicio de Dios sobre los cananeos. El meollo del problema es el corazón nuestro.4

Al convertirse en el instrumento de justicia de Dios, Israel estaba obteniendo una enseñanza práctica de la fealdad del pecado. Estaban aprendiendo a honrar a Dios y darle su lugar como Señor de todo. Debieron haber entendido que les convenía depender y confiar en la voluntad de Dios para sus vidas. Más aún, después de haber sido rescatados por Dios de manos del Faraón y haber recibido la ley, para saber cómo relacionarse con Dios, haber visto la provisión de Dios en el desierto por 40 años y luego recibir la Tierra Prometida.

¿Por qué esto no sucede hoy día?

Realmente no estamos en posición de poder decir con un 100% de certeza que algunas, o todas las guerras que han ocurrido son a causa de la maldad humana, y Dios haciendo justicia. En tiempos bíblicos, Dios anunciaba por medio de su revelación, cuáles eran sus intenciones. Pero fuera de eso, hay una gran diferencia que debemos considerar: Jesús.

De acuerdo a la Biblia, Cristo vino a cargar la paga del pecado sobre sus hombros (1 Pedro 2:24-25). Significa que toda la ira justa de Dios ya cayó sobre Cristo, para que no tuviese que caer encima de nosotros. Vivimos en tiempos post-Jesús y eso se traduce en gracia y misericordia para nosotros. Por eso es tan importante predicar la Palabra y que muchos vengan a una relación correcta con Dios, para que escapen de la ira que les espera a todo aquel que no acepte la mano de amistad de Dios, ofrecida por medio de la obra redentora de Cristo en la cruz.

La Bomba teológica de hoy es que, gracias a la obra de Jesús en la cruz, tenemos oportunidad de ser perdonados y no experimentar el justo juicio de Dios, como el que ejecutó sobre las naciones perversas que leemos en el Antiguo Testamento. Dios quiere que vengamos al arrepentimiento y es paciente con nosotros como lo fue con Canaan. Desea que vengamos a él porque reconoce que nos conviene ser perdonandos y tenerle como amigo y Padre. Dios ha tomado todas las iniciativas para rescatarnos, porque nos ama sin límites, demostrado en la cruz. Allí su Hijo se entregó en nuestro lugar.

Conclusión

Las naciones destruidas, que leemos de ellas en el Antiguo Testamento, recibieron el castigo divino a causa de su perversidad. Su pecado merecía la destrucción y luego de Dios darle oportunidad de arrepentimiento, hizo justicia.  ¿No es eso lo que contínuamente le pedimos a Dios que haga? ¿No oramos para que se haga justicia? ¿No oramos para que se encargue de nuestras injusticias? Eso es precisamente lo que Dios hizo cuando destruyó esas naciones. Dios mostró su bondad y santidad y nosotros debemos ser agradecidos que hoy también podemos ser recipientes de su bondad, en Cristo Jesús.

¿Tienes una pregunta que te inquieta? Envíala a preguntas@verdadyfe.com y podría ser tema de un próximo episodio. Y si este contenido te ayudó, compártelo: quizás alguien más tenga la misma duda y hoy pueda encontrar respuestas.


Fuentes:
1- Consulta en línea, https://www.wordreference.com/definicion/genocidio
2- R.C. Sproul, Answering Evil (ligonier.org – 25 de septiembre de 2013) https://learn.ligonier.org/articles/answering-evil
3- Clay Jones, We Don’t hate sin so we don’t understand what happened to the Canaanites (Philosophia Christi Vol.11 , No.1 –  2009) p.61
4- Gregory Koukl, The Canaanites: Genocide or Judgment? (str.org – 1 de enero de 2013) https://www.str.org/w/the-canaanites-genocide-or-judgment-

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About Rick Lipsett

(@ricklipsett) director y portavoz de verdadyfe.com. Ha escrito numerosos artículos relacionados a la apologética Cristiana. Sirve como pastor en la Iglesia Cristiana Catacumba 9 de Cayey, Puerto Rico. Actualmente cursa una maestría en Teología de Southern Baptist Theological Seminary (SBTS).
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