El sufrimiento y el dolor. Ese es el argumento que comúnmente se presenta en contra del Cristianismo. Se le conoce como el “Problema del mal”. Pero, ¿es este el problema que separa de Cristo únicamente al no creyente, o es algo que afecta al creyente también?
Hay una cita famosa de C.S. Lewis que dice: «Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido»1
Dios usa el dolor a su favor. Cuando la situación se pone dura, Dios brilla como el alivio que nuestra alma necesita. Pero esa no es la experiencia de todos. Si eres creyente y has experimentado dolor o dificultad alguna vez (imagino que sí) es posible que te hayas preguntado cómo eso cuadra con la verdad bíblica de que Dios te ama y cuida de ti. Si para nosotros los creyentes es complejo entender esta paradoja, imagínate para el no-creyente.
Romanos 8:35 PDT nos enseña algo muy importante en este tema. Dice:
“¿Podrá algo separarnos del amor de Cristo? Ni las dificultades, ni los problemas, ni las persecuciones, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro ni tampoco la muerte.”
Fíjate que nada que venga del exterior a dificultar nuestra vida tiene el poder ni la capacidad de separarnos de Cristo. La Biblia dice que esa dificultad no nos mueve de la mano de nuestro Padre Celestial. La dificultad no nos quita la amistad con Dios.
Además, unos versículos antes al que acabo de compartirles, aparece el famoso Romanos 8:28 (PDT), que dice:
“Sabemos que Dios obra en toda situación para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados por Dios de acuerdo a su propósito.”
Significa que Dios incluso usa la dificultad que viene desde afuera para transformar lo interno. Lewis estaba hablando probablemente mientras pensaba en estos versos. No hay nada allá afuera, que tenga la capacidad de sacarnos de la mano de nuestro Señor.
¿Existe algo interno que nos separe de Cristo?
Sí. El pecado. Eso es lo único que sí puede separarnos de Cristo. El pecado siempre es algo que sale de nosotros. Es algo que llevamos dentro, que se despierta por algún estímulo que llamamos tentación, pero no tiene por qué salir de nosotros. Específicamente si somos Cristianos y poseemos el dominio propio que nos da el Espíritu Santo (2 Timoteo 1:7). Pero incluso un creyente que cae en pecado y no confiesa ni busca la restauración con Dios y el prójimo, corre el peligro de alejarse de Cristo. Mira como lo dice Romanos 6:1-2, 22-23 (PDT)
“1 Bueno, ¿ahora qué vamos a decir? ¿Será que debemos seguir pecando para que Dios nos perdone aun más? 2 ¡Claro que no! Ya hemos muerto al pecado, así que no podemos seguir viviendo en el pecado.
22 Pero ahora, liberados del pecado, se han hecho esclavos de Dios. Como resultado, se dedican solo a Dios y eso los llevará a la vida eterna. 23 El pecado da como pago la muerte, pero Dios da como regalo la vida eterna en unión con nuestro Señor Jesucristo.”
Significa que lo único que tiene la capacidad de separarnos de Cristo, es vivir una vida de pecado. Lo externo no tiene eficacia para nuestra condenación, pero el pecado en nuestro interior sí.
La bomba teológica de hoy es que a veces no nos cuadra el sufrimiento y la existencia de un Dios bueno, pero olvidamos que ese mismo Dios bueno sufrió en una cruz en la persona de su Hijo. No olvidemos que el sufrimiento y el dolor forman parte de la cosmovisión cristiana.
Entonces no es el problema del mal el que nos separa, sino la aparente paradoja que se forma en nuestras mentes y que quizás no logramos reconciliar. Osea, son nuestros pensamientos los que nos alejan de Cristo. No la situación difícil en sí misma. Nuestros pensamientos de incredulidad o falta de fe. Ese es el pecado que nos aleja de Dios.
Cualquier pecado es una demostración de falta de fe. Si mentimos es porque no le creemos a Dios que la verdad es mejor. Si codiciamos es porque no le creemos a Dios que suple a nuestra necesidad. Si deshonramos a nuestros padres es porque no le creemos a Dios que esas personas son las que necesitamos en nuestras vidas para formar nuestro carácter. Ahora, no lo digo como para poner una presión extra sobre aquellos que están atravesando la dificultad. Simplemente estoy señalando un hecho. Pero si te encuentras en medio de una dificultad, siempre tienes la opción de pedirle a Dios que aumente tu fe, como hizo el padre de un niño que necesitaba la ayuda de Jesús en Marcos 9:24.
Mira lo que enseña Efesios 2:8-9 (NVI):
“8 Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y 9 no por obras, para que nadie se jacte.”
Aquí dice que la fe que confió en la gracia de Dios para ser salvos, fue un regalo de Dios, por lo que no tenemos que producirla nosotros por nuestras fuerzas. Como si por mi fuerza de voluntad logro creer y confiar en Dios en medio de mi proceso. ¡No! Dios es quién me da la fe necesaria para confiar en él. Lo que hace falta es un corazón humilde que lo reconoce y pide al Señor por ayuda.
O mira como lo dice Filipenses 1:29 (NTV):
“Pues a ustedes se les dio no solo el privilegio de confiar en Cristo sino también el privilegio de sufrir por él.”
Nota que el poder confiar en Cristo (tener fe) es un privilegio que recibimos. Igual al privilegio de sufrir por la causa de Cristo, dice este texto.
Hace un tiempo, un joven se me acercó y me decía que se sentía triste pues ya no disfrutaba de su tiempo devocional. Leía la Palabra y oraba pero se sentía desconectado del Señor. Le pregunté si había algún pecado que no había confesado. Eso era. Algunos días después me comentaba cómo se sentía libre nuevamente para acercarse al Señor porque confesó su pecado. Pienso que no creemos que el pecado sea tan dañino y malo como realmente lo es. Necesitamos arrepentirnos de eso.
Resumiendo, nuestras situaciones externas no tienen la capacidad de alejarnos de Jesús. De hecho, son idóneas para aprender a depender más del Señor. Sin embargo, nuestras situaciones internas–entiéndase, el pecado, sí nos separa del Señor. Necesitamos vivir arrepentidos y en obediencia a Dios, creyendo que lo que ha dicho en su Palabra es bueno para nuestras vidas.
Según maduremos en nuestras vidas de piedad, descubriremos que la dificultad no tiene la eficacia de sacarnos de la mano de Jesús. Por lo que tu y yo necesitamos crecer y madurar en el Señor, para que los embates de la vida no sacudan nuestra fe. Por lo contrario, las dificultades nos pueden acercar cada vez más a nuestro Dios. La buena noticia es que si hoy no tienes la fe suficiente para atravesar la dificultad sin abandonar al Señor, puedes pedírsela a Dios, quien nos la regala con alegría.
Fuente:
1- C.S. Lewis, “El problema del dolor” (HarperOne, New York, March 14, 2006)



