Dios y el Sufrimiento

¿Por qué Dios permite el sufrimiento? ¿Dónde está Dios cuando pasan cosas malas? ¿Dónde está Dios cuando sufrimos? ¿Sufrimos porque Dios no existe? ¿Por qué le pasan cosas malas a gente buena?

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Sencillamente, no hay manera de encubrirlo: vivimos en un mundo lleno de sufrimiento.

En éstos momentos, nos invaden un torrente de sentimientos – desde tristeza hasta rabia. No importa lo que pienses sobre Dios, todos nos enfrentamos al sufrimiento. Ser humano significa que el momento llegará en el cual el sufrimiento nos alcanzará.

C.S. Lewis – uno de los más importantes teólogos de nuestros tiempos – escribió en el momento que perdía (y eventualmente perdió) a su esposa en “A Grief Observed”:

“¿Dónde está Dios? Vamos a donde Él cuando ninguna otra ayuda está disponible – y ¿qué encontramos? Una puerta que se cierra en tu cara y el sonido del seguro cuando llega a su lugar […] Vez tras vez, cuando Él parecía más cercano, lo que hacía era preparar mi próxima tortura.”

¿Alguna vez te has sentido así? No estás sólo/a. Es en el sufrimiento que nacen todas las preguntas humanas sobre Dios.

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El Problema del Mal

En una entrada anterior, esta línea de preguntas sobre Dios y el sufrimiento se conoce como “El Problema del Mal.”

En aquella entrada, se hizo una distinción importante entre el Problema Intelectual del Mal y el Problema emocional del Mal:

El problema intelectual del mal – trata con dar explicaciones razonables de la coexistencia de Dios y el mal.

El problema emocional del mal – trata con consolar a aquellos que están en medio del sufrimiento y disolver la apatía emocional que la gente le tiene a un Dios que permite tal mal.

En la entrada mencionada, se trató con el problema intelectual del mal. En esta entrada, queremos ofrecer algunos puntos claves para recordar para cuando estamos atravesando un momento de dolor y de tristeza.

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Punto #1: Dios no es el creador del mal

Dios es el máximo bien, por lo cual el mal no puede salir de Él; ni Él es malo. No puede serlo. Como tal, lo que llamamos como “mal” es una inexistencia ontológica – es algo que es real, pero no existe. Piensa en el agujero que hay en el centro de una dona. El agujero es real, pero no te lo puedes comer. No puedes comerte la dona y dejar a un lado el agujero. El agujero está donde no hay dona – pero si no hay dona, tampoco hay agujero. De igual forma, sabemos qué está el mal porque sabemos lo que es el bien. En otras palabras, como sabemos lo que se supone que sea, podemos determinar qué no debe ser. Si el bien no existiese, no hubiese manera de identificar qué es el mal. Si el bien proviene de Dios, entonces le decimos “mal” en donde no hay bien. El mal es como el agujero de la dona – hay mal, donde no está Dios.

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Punto #2: Dios puede utilizar el sufrimiento para alcanzar un bien

El mejor ejemplo de eso es Jesucristo en la Cruz. El sufrimiento más horroroso y la pérdida de un Hijo – todo porque Dios sabía que el beneficio de la Salvación era mucho mejor y por encima de cualquier dolor o sufrimiento que Él pudiese soportar.

En Su misericordia, Dios ha extendido esta promesa para las personas que aman a Dios. Dios desea crear Su carácter en ti, por lo cual Dios siempre puede sacar un beneficio de cualquier situación. Con corazones dispuestos, debemos preguntar “¿para qué?” en vez de “¿por qué?”

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Punto #3: A Dios le importa nuestro sufrimiento

Hay quienes piensan que Dios es ajeno a nuestro dolor. Tal vez se compadece pero no sabe lo difícil que es lo que estamos pasando.

En su libro “The View from a Hearse” (“La vista de un carro fúnebre”), el Pastor Joseph Bayly hace el doloroso recuento de la pérdida de sus tres hijos. Cuando su tercer hijo estaba en su lecho de muerte, ya nadie lo visitaba como solían a hacerlo. ¿Qué iban a decir? Ya él lo había escuchado todo: “Ten fe”, “Dios tiene el control”, “Dios está contigo.” Escribe Bayly que un día, llegó un señor que llevaba poco tiempo yendo a la iglesia. Sin decir una palabra, el señor lo besó, lo abrazó y se echó a llorar encima de Bayly. Bayly se descompuso y ambos calleron en llanto al suelo. Después de un tiempo, el hombre se levantó, lo abrazó por última vez y se fue. Nada fue dicho. Bayly dice que “en ningún momento Dios me había ministrado tanto. Más allá de saber que Dios estaba conmigo, yo necesitaba sentir que Dios sufría conmigo. Que le dolía la situación de mi hijo tanto como me dolía a mi.”

Dios conoce nuestro dolor y sabe lo que es el sufrimiento, Él mismo haciéndose hombre y sufriendo el oprobio y la muerte. No tenemos un Dios que no sabe por lo que pasamos (Hebreos 4:15), sino que Aquel que sufrió sabe por lo que estamos sufriendo y nos ofrece esperanza (Romanos 8:28).

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Punto #4: Dios se terminará la realidad del mal y el sufrimiento

Hay muchas personas que piensan que el hecho de que Dios aún no ha deshecho la realidad del mal y el sufrimiento significa que no lo hará. Eso no es cierto. La Palabra promete que llegará el momento que “enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor […]” (Apocalipsis 21:3-4).

Dios eliminará la realidad del mal, el sufrimiento y todo aquello (y quiénes) lo provocan. El que no lo haya hecho no significa que no lo hará.

¿Por qué no lo ha hecho todavía? Para darle oportunidad a quienes no lo conocen a que lo conozcan:

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 2:9)

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Punto #5: Cualquier sufrimiento que tengamos en esta Tierra no se compara con lo que Dios tiene para nosotros en el Cielo.

Es esperanzador pensar que, para aquellos que aman y confían en Dios, hay una vida eterna llena de gozo – libre de dolor y sufrimiento. El gozo que Dios nos da va mucho más allá de la felicidad que podramos tener. Y este gozo viene de, entre otras cosas, la esperanza de la vida eterna.

Imagina que te levantas un primero de enero y tienes un día pésimo. Te levantas y te caes de la cama, te rompes el brazo, la ambulancia choca de camino al hospital, se rompe la máquina de rayos-x, el doctor se tarda en atenderte, y cuando -al fin- llegas a tu casa, no hay internet. Un día pésimo. Sin embargo, a medida que pasa el año, cosas buenas suceden. Tu jefe te da un aumento en sueldo, fuiste seleccionado como el ganador de un auto nuevo en un concurso, te llama un número equivocado a tu móvil y resultó ser tu director de cine favorito, quién te ofrece una parte en su película (¡junto a tu actor/actriz favorita!), y ¡te ganas el Óscar!

Ahora imagina que es el 31 de diciembre de ese año y, en una fiesta, te preguntan: “¿Cómo ha sido tu año?” ¿Podrías decir que fue un año malo, aunque tuviste un día pésimo? Cuando pones un día malo dentro de 364 días buenos, el peso de lo bueno hace que lo malo sea llevadero. De la misma forma, cuando ponemos en perspectiva los 70 años que dura nuestra vida con lo que es la eternidad, nos damos cuenta de que nuestras vidas son una gota dentro del océano de la eternidad de Dios. El día que vivimos en esta vida será un pestañar ante la eternidad que compartiremos con Dios.

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Ser humano significa que, en algún momento, nos enfrentaremos a un momento de profundo dolor. Al recordarnos de los puntos anteriores, empezamos a ver la esperanza y el amor de Dios en medio de los momentos más difíciles y confusos. Estos “puntos de luz” nos ayudarán a navegar a través de la tempestad de la confusión – no sin dolor, pero con esperanza.

Por último, Jesús nunca escondió la realidad del dolor y el sufrimiento pero sí nos dio una esperanza en Él mismo:

“Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)

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Basado en una prédica de Lee Strobel.

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