Recientemente escuché un amigo ateo, quien usó Instagram para criticarnos a los cristianos porque hacemos las mismas cosas que los no cristianos. Nos llamó hipócritas. Es una objeción bastante común. A Mahatma Gandhi, se le atribuye una frase que captura la esencia de esta queja: “Me gusta tu Cristo, pero no me gustan tus Cristianos, tus Cristianos son tan diferentes a tu Cristo.”
¿Qué se puede responder a esto?
La objeción frente a nosotros presenta el siguiente argumento:
Premisa 1: Si el cristianismo es verdadero, sus seguidores deberían vivir moralmente de manera consistente.
Premisa 2: Muchos cristianos no viven moralmente de manera consistente.
Conclusión: Por lo tanto, el cristianismo no es verdadero.
Un argumento lógico es válido cuando la conclusión se sigue necesariamente de las premisas. Si la conclusión no se sigue, el argumento falla. Analizemos este argumento.
Los cristianos deberían vivir moralmente consistente con sus creencias
Es cierto que la Biblia manda a los seguidores de Jesús a comportarse según la moralidad de Dios:
Pero ahora sean santos en todo lo que hagan, tal como Dios, quien los eligió, es santo. Pues las Escrituras dicen: «Sean santos, porque yo soy santo».
(1 Pedro 1:15-16, NTV)
Vemos que lo que nuestro amigo ateo dijo es cierto. Pero Jesús condenó más duramente a los hipócritas religiosos que cualquier ateo moderno. La Biblia nos llama a la santidad. Nos llama a reflejar el carácter de Dios. Ese es el estándar. No uno bajo. No uno relativo. El estándar es alto. Muy alto.
Nos llama a ser santos y eso significa que los cristianos deberían estar en una liga aparte, por decirlo de alguna manera. Esa separación debería ser notable en todas nuestras conductas, pensamientos, palabras dichas, etc.
Lamentablemente sabemos que no es así, lo que nos lleva a la segunda premisa.
Muchos cristianos no viven moralmente de manera consistente
Basta con examinarnos a nosotros mismos. Si somos cristianos sabemos que no vivimos en absoluta santidad como la Biblia nos manda. En el término estricto de la palabra, fracasamos en la santidad. Sabemos cual es la marca y no le damos al blanco.
Es curioso porque la Biblia misma nos dice que esta es la experiencia común del cristiano. Pablo mismo lo experimentó y lo dejó por escrito:
En vez de lo bueno que quiero hacer, hago lo malo que no quiero hacer. Pero si hago lo que no quiero hacer, en realidad no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está dentro de mí. Me doy cuenta entonces de que, aunque quiero hacer lo bueno, sólo puedo hacer lo malo. (Romanos 7:19-21, TLA)
En sí mismo, esto es un tema amplio que merece profundizar y estudiar. Para propósitos de la pregunta de hoy, vemos que la Biblia afirma el llamado a la santidad y también reconoce la lucha real contra el pecado en la vida del creyente.
¿Significa que la conclusión es cierta entonces?
¿El cristianismo no es verdadero?
El problema es que la conclusión no se sigue lógicamente de las premisas. Las premisas hablan del comportamiento de ciertas personas. Pero la conclusión hace una afirmación sobre la verdad del cristianismo. Y esas no son la misma cosa. Habla de cristianos. No del cristianismo. La verdad de una creencia no depende de la coherencia moral de quien la afirma. Si un médico fuma, eso no vuelve falsa la medicina.
Por lo tanto, las premisas nos llevan a una conclusión, pero es diferente a la que se presume detrás de la objeción de hoy. La conclusión correcta debería ser algo así:
Premisa 1: Si el cristianismo es verdadero, sus seguidores deberían vivir moralmente de manera consistente.
Premisa 2: Muchos cristianos no viven moralmente de manera consistente.
Conclusión: Por lo tanto, el cristiano no siempre vive conforme a sus creencias.
La Bomba teológica de hoy es que, este problema es precisamente una afirmación del mensaje central de la Biblia. El ser humano no llega a la moralidad que debe y por lo tanto merece sus consecuencias, pero Dios libremente se ofreció en sacrificio para tomar nuestra consecuencia y ofrecernos salvación.
La objeción apunta a la necesidad misma del evangelio. La hipocresía no refuta el cristianismo. Lo confirma. Porque el cristianismo comienza diciendo que el ser humano es pecador. Esto no excusa la hipocresía. La condena. Pero no destruye la verdad del evangelio.
El cristiano es una persona que entendió su necesidad de ser salvado por Dios porque por sus propios méritos no podía llegar a Dios. La diferencia clave entre el cristiano y el no cristiano es que este primero no confía en sus propios méritos porque sabe que fracasa. El cristiano se pone a la merced del mismo Dios que sacrificó su vida para salvarnos. Esa confianza, no los méritos, es la que agrada a Dios y nos hace cristianos. Somos justificados por fe, no por desempeño moral. Jesús fue el crítico más severo de la hipocresía religiosa. El cristiano no presume autosuficiencia. Presume dependencia.
Conclusión
El cristiano no es un santo que está por encima de los no cristianos. Somos gente arrepentida de nuestra vieja manera de vivir. Confiando en Jesús, optamos por perseguir su santidad con la fuerza del Espíritu Santo, quien viene a vivir en todo aquel que pone su fe en Jesús. Y esa nueva vida comienza a producir obediencia. Esa obediencia es progresiva. Por eso es que los cristianos aún pecamos. Pero a diferencia de cuando no éramos cristianos, ahora nos arrepentimos de verdad y procuramos mejorar.
Mis queridos hijos, les escribo estas cosas, para que no pequen; pero si alguno peca, tenemos un abogado que defiende nuestro caso ante el Padre. Es Jesucristo, el que es verdaderamente justo. (1 Juan 2:1, NTV)
El cristiano no toma a la ligera su pecado. Lo confiesa a Dios, busca la mentoría de un cristiano un poco más maduro en la fe que él y en arrepentimiento, se levanta para intentarlo nuevamente. Es permitir que Dios obre en nosotros, sabiendo que el proceso es progresivo y que nuestra esperanza final está en Cristo.
Si el cristianismo fuera una religión para personas moralmente superiores, entonces la hipocresía lo destruiría.
Pero si es un mensaje para pecadores necesitados de gracia… entonces la hipocresía no es una sorpresa. Es la razón por la cual necesitamos a Jesús.



